4 ene 2010


Feliz Año, mi gente!!!
Tras un merecido descanso y reenfocándonos en esta nueva década que nos espera… decidí imitar una acción positiva realizada por Francisco “El Oso” Granados, quien publico hoy en su blog, un texto escrito por Renny Ottolina. El texto es largo pero realmente vale la pena leerlo y darnos cuenta de 2 cosas, lo visionario y fuera de época que fue “El número Uno” y lamentablemente lo vigente de sus palabras…
Revista Resumen, Nº 346, 22 de junio de 1980

Por Renny Ottolina

La revista Semana me ha solicitado que enjuicie la televisión
venezolana. No es un pedido fácil eso de «enjuiciar». Enjuiciar es un
verbo comprometedor pero las situaciones comprometidas son, la mayoría
de las veces, las más interesantes. Al enjuiciar a la televisión
venezolana lo hago como un espectador más. Siendo un medio de
comunicación masiva y, como tal, sujeta al juicio público, quienquiera
que vea televisión tiene derecho a enjuiciarla. En este derecho común
a todo baso la autoridad de mi juicio. Que esa autoridad cuenta con
los recursos que me da el ser un profesional de la televisión es otra
cosa. Pero quiero dejar claro que, más que como Renny Ottolina, en
este análisis me sitúo como un venezolano más que tiene televisor en
su casa, que tiene esposa e hijos y tanto él como su familia ven
televisión.

La televisión venezolana, hoy por hoy, no aporta lo que debiera a la
cultura nacional. Es más, su influencia es, quizás, negativa. Para
tener un punto de partida me veo obligado a comenzar por el final, que
en caso de un juicio es el veredicto. Encuentro la televisión
venezolana culpable de ignorar la dignidad de los habitantes de
nuestro país. Paralelamente la encuentro culpable de desidia en su
programación y de pecar de ligereza en cuanto a la responsabilidad que
implica su inmenso poder. Responsables por igual de esta situación:
los patrocinantes, las agencia de publicidad y las estaciones de
televisión. Conocido el veredicto y los culpables estudiemos las
razones determinantes, y veamos cómo un principio razonable puede ser
distorsionado por una miopía de la industria, hasta el punto de
convertirse en causa del mal causado.

El anunciante, a través del medio de comunicación masiva, busca un
máximo de personas a quienes hacer llegar su mensaje comercial. Las
agencias de publicidad recomiendan los medios que consideren
apropiados para lograr este propósito, bien sea prensa, radio o
televisión. En este último caso el factor determinante es la audiencia
promedio que pueda tener un programa. En nuestra industria esto se
conoce como rating. Patrocinantes y agencias quieren, pues, programas
de alto rating que las estaciones de televisión deben producir.
Mientras más personas vean un programa, tanto mejor, porque a más
personas llega el mensaje comercial. Hasta aquí el planteamiento es
bueno. El principio es razonable. Pero es aquí donde surge la miopía
que distorsiona la responsabilidad paralela que da a la televisión su
tremenda influencia dentro de la vida familiar. Patrocinantes,
agencias y estaciones parecen olvidar que además del derecho y
necesidad de anunciar productos, está el deber de saberlo hacer. Es en
esto en lo que yo creo que la televisión venezolana está equivocada
desde hace muchos años y en lo que va, cada vez más, de mal en peor.
Patrocinantes, agencias y estaciones de televisión no vacilan en
producir los programas y las cuñas comerciales más vulgares,
chabacanos y asombrosamente denigrantes para lograr el más alto rating
posible. Su razonamiento aunque equivocado, es por demás sencillo:
«Hay que llegar al grueso del público». O lo que es lo mismo, también
en el lenguaje de nuestra industria, a las clases socioeconómicas C,
D, E traducido al lenguaje de todos los días a las grandes masas, que
son siempre los más pobres, pero que son básicas para el consumo de
productos de fabricación masiva. «Hay que llegar al grueso del
publico»... la televisión venezolana suelta entonces sus andanadas
diarias de telenovelas donde las hijas se disputan el marido de la
madre, la madres no saben quiénes son sus hijos o donde los hijos no
saben quiénes son sus padres. Gracias a este concepto de la televisión
surge el programa donde un hombre, impulsado por la necesidad o la
ignorancia, no vacila en exponerse al ridículo a costa de su dignidad,
a cambio de unos pocos bolívares. Hasta hace muy poco la televisión
venezolana, no satisfecha con su esforzada labor hacia el descenso de
los más elementales valores de la dignidad humana, consideró más que
necesario, imprescindible, programar espectáculos filmados cuya base
son el terror y la violencia, en horas cuando la televisión venezolana
estaba absolutamente segura que habría más niños encendiendo
televisores y, por lo tanto, aumentando el rating. Pero si todo lo
anterior fuese poco, las cuñas comerciales en su gran mayoría,
acostumbran a los televidentes venezolanos a gritar, a hablar mal
nuestro idioma, y a comprar algunos productos por la razón primordial
de que son estímulos del sexo. Todo eso pagado muy a conciencia por
las agencias publicitarias respectivas y programado muy a conciencia
por las estaciones televisoras respectivas.

A mi entender, al pensar que las clases económicosociales menos
avanzadas sean, por su escasa o ninguna educación, básicamente
estúpidas y vulgares es un gravísimo error. El ser humano tiene una
tendencia natural hacia lo mejor. La televisión venezolana no estimula
esta tendencia, si por el contrario, hace todo lo posible para
desvirtuarla. El hecho de que una persona no haya recibido la
educación a la cual tiene derecho, el hecho de que una persona no
tenga la capacidad adquisitiva que ojalá tuviera, no hace de ella una
persona vulgar, chabacana e indigna. Solo la hace desgraciadamente,
pobre e ignorante. Pero la calidad humana sigue estando allí, al
alcance de quien quiera estimularla. Con contadísimas excepciones,
patrocinantes, agencias y estaciones ignoran este hecho. La televisión
venezolana está cometiendo el grave pecado de subestimar al público
venezolano con el agravante de que, haciendo gala de una inconsciencia
inconcebible, lo está haciendo a conciencia.

Una persona ignorante frente a una persona con conocimiento es, en
cierta forma, como un niño. Ese « grueso del público» famoso es el
niño. Me llena de tristeza ver que se engañe a un niño, porque lo que
la televisión venezolana está diciendo a su pueblo no es toda la
verdad de la vida: la vida no es solamente gritería, la vida no es que
sea normal el que nazcan niños de padres desconocidos. La vida tiene
valores que son los que la televisión venezolana no está enseñando al
niño. No se puede ni se debe pagar el rating a costa de la dignidad
del venezolano y lo que patrocinantes, agencias y estaciones no han
llegado a preguntarse todavía es si no venderían más los productos
anunciados o por lo menos en igual cantidad, destacando valores
positivos en lugar de exaltar los aspectos negativos de la vida. Y no
es tan complicado. Ni siquiera es difícil.

La televisión tiene una influencia en el hogar mucho mayor que la de
cualquier otro medio de comunicación masiva. Su fuerza es terrible.
Esa fuerza implica una mayor responsabilidad. Quien no sabe asumir
esta responsabilidad no está a la altura de la fuerza de la cual
dispone. Es hora de que la televisión venezolana esté a la altura de
su fuerza. Es hora de que la competencia entre estaciones cese en su
lucha por demostrar quién puede ser el más vulgar de todos. Es hora
que la competencia sea para ver quién puede lograr el mayor respeto,
el mayor aprecio y el mayor cariño de la comunidad venezolana. Los
patrocinantes no deben pagar programas donde haya situaciones que
vayan en contra de la dignidad familiar ni aquellos que puedan
deformar la percepción que los niños deban tener de la vida. Las
agencias de publicidad tienen la obligación de no recomendarlos las
estaciones de televisión tienen el deber de no producirlas.

Tremenda fuerza de este medio y los 75.000.000 Bs 1ue anualmente se
invierten en televisión, el 20% es comisión de las agencias
publicitarias, implica un mínimo de deber para elevar el nivel de las
clases socioeconómicas más bajas. De ninguna manera da el derecho de
denigrarlos más aún. Yo estoy convencido de que se puede tener éxito
con la televisión, trabajando dentro de un mínimo de dignidad.
Pensando con sinceridad que hay principios elementales que es
necesario respetar. Actuando con el convencimiento de que es mucho lo
que se gana cuando lo que se da es también mucho. Y no deja de ser
descorazonador el recordar que hace 12 ó 14 años, en sus comienzos, la
televisión venezolana tenía una calidad de altura excepcional.

Es, además, económicamente aconsejable hacer los máximos esfuerzos por
elevar los niveles de ese «grueso del publico» a quien hoy por hoy se
le dan gritos y situaciones equívocas por la televisión. Es del propio
y básico interés de los patrocinantes de hoy en día el que la
población venezolana tenga un nivel de educación más alto lo antes
posible, por cuanto mayores sean los conocimientos de esas masas mayor
será su poder adquisitivo. Hacer hoy todo lo posible por mejorar
intelectualmente a la gran masa venezolana, es el mejor seguro de
supervivencia con el cual los industriales de hoy pueden contar en un
mañana muy cercano, es absurdo, que en vista de lo anterior, no sepan
aprovechar mejor la magnífica oportunidad que la televisión ofrece
para este propósito. Quienes pagan a la televisión deben hacerse un
examen de conciencia y preguntarse en qué lugar queda su
responsabilidad para con el país. Las estaciones de televisión deben
estar en capacidad de ofrecer programas que puedan ser comprados por
esos patrocinantes que se han hecho ese examen de conciencia. Y las
agencias de publicidad no deben vacilar en recomendar, además de la
cosa cuantitativa, el valor cualitativo. De no ser así yo predigo que
la televisión venezolana se irá hundiendo cada día más, en su mar de
irresponsable vulgaridad con la única consecuencia de provocar la
intervención del Estado. Y tendrá que intervenir el estado atendiendo
el clamor de los hombres y mujeres responsables del país, que cada día
hacen sentir más fuerte su voz de justa protesta.

Cuando estemos en manos del Estado habremos perdido la libertad de
competencia, la libertad de escogencia entre canales, y con toda
probabilidad habremos perdido la libertad de expresión; como es lógico
pensar por cuanto ningún gobierno en su sano juicio va a permitir que
se use un medio por él directamente controlado para que se le hagan
críticas que podrían ser acerbas si así lo ameritase la situación de
tal gobierno. ¿De quien será entonces la culpa? La respuesta es una
sola: de quienes hoy en día pagan y administran la industria de la
televisión venezolana.

Soy solo un venezolano más que tiene televisor en su casa y que con su
familia ve televisión. Como tal creo hacerme eco del hombre pobre que
quiere dejar de serlo si tan solo le dieran la oportunidad de saber un
poco más de lo que sabe, y del hombre pudiente que tiene en sus manos
la decisión final de este problema.

Ambos, estoy seguro coincidirán en pensar que nuestra televisión debe
seguir el camino correcto para construir el algo, de lo mucho que
puede al mejoramiento de la comunidad venezolana. No es mucho pedir.


Del fascículo Nº 3 de Renny presente.

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